Martes Macabros

«Padre e hijo»

(relato conexo al próximo episodio titulado «Precipitada»)

Por la ladera de una loma venía Segundo con su hijo bajando hacía un camino próximo. El chico traía en su cara la felicidad de saber que hoy aprendería a usar un rifle. El ya lo había usado a escondidas cuando con sus amigos, y sin presencia de Segundo en casa, había encontrado el arma en un mueble del taller de su padre. Hasta ahora la fortuna había acompañado al muchacho, al cual la adrenalina aún no le traicionaba y la suerte caminaba a su lado cada vez que sacaba el rifle para practicar con sus amigos con municiones traídas por ellos.

Segundo sabía que su hijo le sacaba el arma, pero lejos de enojarse, sentía un inmaduro orgullo al constatar que su hijo tenía interés por aquellas practicas que la mayoría de chicos ya no encontraban interesantes. Segundo sentía que su hijo sería un hombre como él y eso le llenaba de un orgullo, en este caso malsano.

Buscarían un lugar donde dejar sus pertrechos y poner unos blancos para que el chico comenzara a practicar. Sobre ellos un tiuque divisaba algo entre la hierba.

Cabro gueón!!! que mierda hiciste?

Se escuchó el vozarrón de Segundo con eco entre los cerros, luego con su mano extendida propinó una bofetada en la cara de su crío. El chico sintió el dolor al contacto con aquella palma extendida, pero por dentro el sufrimiento seguiría, mas allá del enrojecimiento de la piel.

El chico había querido impresionar a su padre y quiso dispararle a un tiuque que cruzaba el campo, delante de una torre de agua que se veía a lo lejos. El tiuque una vez sorprendido por el ruido y bendecido con la pésima destreza del mocoso, siguió surcando el cielo sin saber el trágico final que pudo tener. Segundo le quitó el arma y le ordenó que recogiera las cosas, se iban. A su padre el enojo se le pasaría pronto, y ya en unos días más contaría lo sucedido riéndose con sus amigos.

Pero el impacto de la munición traería una consecuencia inesperada…

Photo by Casey Schackow on Unsplash

«El mural»

Relato conexo al proximo episodio de Dalca Macabra titulado: «Reencuentro».

Las sirenas de los vehículos policiales y sus balizas inundaron la madrugada en aquel sector de casas añosas y ruinosas, venidas a maltraer por el despoblamiento del sector, provocado por el dulce sueño del progreso en los ojos juveniles de las generaciones más recientes. Los efectivos de la policía iban allanando el camino a la pareja de paramédicos que venía tras ellos.

Habían llegado a la pista del individuo por una amiga de la victima – la cual recordó luego de varios meses de ocurrida la desaparición – que durante un almuerzo juntas, Sael un joven con problemas mentales que almorzaba en el mismo local, no paraba de observar a la víctima. Si bien todos estaban algo acostumbrados a la presencia y peculiaridades conductuales del joven, la mirada fija sin perder de vista a Alejandra, como un perro pendiente de su amo, no era habitual en Sael.

Cuando la policía se vio sin pistas que seguir, habiendo gastado tiempo valiosísimo en hipótesis que resultaron callejones ciegos, decidieron visitar el domicilio de Sael.

Los oficiales de la policía miraban estupefactos el muro sin ventanas de la habitación del joven, porque ni ellos, los supuestos profesionales en el terreno de la investigación, tenían un mural tan detallado sobre la desaparición de Alejandra.

«Nacimiento»

Relato conexo al episodio Wichal-Alwé

Los pasos de los niños se iban alejando al tiempo que las risas y gritos se silenciaban a medida que ingresaban a los distintos salones de la escuela rural. El profesor de primaria avanzaba en sentido contrario a la horda de pequeños, como un salmón contra la corriente al ver un pequeño tirado en el desordenado césped del patio del colegio. Cuando el maestro llegó al lugar, el pequeño Dante se ponía de pie, con una mezcla de pasto y lágrimas en su rostro. Al consultarle si se encontraba bien, el niño lo miró con una expresión de desagrado y rabia, contestando con un silencio rabioso.

Dentro del aula la situación no mejoraría, Dante sentado en su puesto, sentía la burla constante de un grupo de chicos tras él. El maestro hacía caso omiso del bullying, mientras la victima de las burlas entre sollozos, con la cabeza apoyada sobre su brazo izquierdo extendido sobre la mesa, dibujaba sobre las hojas cuadriculadas algo parecido a la sombra de una figura con una manta y capucha.

Sonó la campana de recreo, y un tropel de criaturas se agolpó en la única puerta del aula. La efervescencia infantil rápidamente fue liberándose a medida que los chicos iban abandonando la sala. Dante fue el último en salir. Desanimado, el recreo se le presentaba como un desierto, un espacio-tiempo vacío, la tortura de la soledad y la vulnerabilidad.

Caminó hacía el baño, lugar que tampoco era de su agrado, sucio, pestilente, frio.

La animadversión hacía el pequeño Dante, tenía origen en un prejuicio, y como todo prejuicio, era absurdo. Dante provenía de la capital, de la ciudad de las oportunidades, de los logros, del control, la ciudad que controlaba toda la nación, y que despojaba al resto de ciudades de los recursos para su desarrollo. Y todos en su posición dentro de la escala social, bebían de aquel malestar, trasvasijándose de adultos a adolescentes y niños.

El pequeño Dante ingresó al baño, caminó hasta un cubículo, pero fue interceptado por tres chicos. Sabía que resistirse sería en vano, pero esta vez lo intentó de todos modos.

Matías era el más alto de los tres victimarios. Y fue quien recibió un golpe entre las piernas de parte de Dante, quien producto de la inexperiencia en la lucha, se resbaló, cayendo sentado al suelo maloliente, al mismo tiempo que Matías se iba encorvando producto del creciente e intenso dolor.

Los secuaces de Matías, Pedro y Cristian, de estatura más baja y contextura más gruesa, cogieron a Dante de los brazos, sosteniéndole con fuerza, esperando la recuperación de su líder.

Matías se incorporó y se acercó al inmovilizado, asestándole un golpe en el abdomen. Dante emitió un grito ahogado por el intenso dolor en aumento. La calidez de las lágrimas bajando por sus mejillas le quemaba. Los adiposos secuaces lo soltaron lanzándolo al suelo. Dante tirado en el piso en posición fetal, rojo de rabia y llorando, sintió como el asqueroso liquido amarillo proveniente de los tres matones le humedecía las ropas.

Dante se puso de pie cargando de ira. Matías lo miraba con arrogancia, mirada que no duraría mucho, pues los tres chicos cambiaron la expresión de sus rostros a un pánico absoluto, y huyeron despavoridos del baño, quedando un chico de unos 11 años, solo, de pie en medio de aquel maloliente baño de colegio, con sus ropas mojadas de orina ajena y con sus ojos rojos de ira y derramando por los lagrimales una sustancia de un rojo profundo e intenso.

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«Jauría»

Las siluetas de 7 ponchos comenzaron a avanzar por entre la foresta circundante del cementerio. Venian de distintos puntos desplazándose por las vías menos iluminadas a un ritmo y velocidad que hacían imperceptible su presencia al ojo novato.

Del desplazamiento de aquellas mantas, no resultaba ningún sonido, ni siquiera de vegetación aplastada al caminar. Se movían pausadamente y la oscura noche invernal los cubría.

Las siluetas de las mantas se congregaron alrededor de una sepultura reciente.

Luego aullidos.

Solo se sintió a una jauría de perros escarbar la tierra, hasta que el sonido de unos pasos, acompañados de un sollozo cercano, detuvo a los canes.

Beatriz caminaba junto a su hijo y dos sobrinos, la tristeza espasmodica de la viuda, aletargaba la caminata nocturna, que tenía como misión, hacer acto de presencia en la tumba de aquel esposo fallecido, para evitar el robo del cavader, costumbre macabra, que según las creencias de aquella zona, cometían los brujos o quienes dominaban aquellas artes.

Los goznes de la puerta del cementerio gritaron en medio de la oscuridad, al tiempo que cuatro figuras, acompañadas de sendas linternas cruzaban el umbral del campo santo.

Al chirrido del roce de metal oxidado, 7 canes se desperdigaban por entre las calles del cementerio, agazapados entre las rejas de madera que delimitaban las tumbas.

Por el portal de fierro oxidado cruzaron las siluetas de 7 canes, sigilosamente avanzando, hasta que antes de perderse en la oscuridad, solo se pudo ver unas mantas furtivas entrando en la noche profunda del bosque.

La huída dejó tras de si un llanto sin consuelo de una mujer que encontró la sepultura de su amado profanada, y su ataúd completamente vacío.

«El evento intermedio»

Relato conexo al próximo episodio de Dalca Macabra: «Ruta 557».

Pedro disfrutaba el sintonizar estaciones de radio en el patio de su casa. El chico de 11 años se encaramaba feliz en una escalera rústica, de clavos oxidados y cubierta de musgo, producto de la intemperie a la que siempre fue sometida desde su fabricación. El pequeño subía por ella mientras sujetaba en su mano izquierda un extremo del cable con el cual conectaría la antena del receptor. Una vez realizada la tarea, el chico encendió el aparato desplazando el selector de bandas a la posición AM. El crepúsculo auguraba una mejoría en la recepción de estaciones que emitían a cientos de kilómetros.

El sol ya se estaba bañando en el mar, y la luz remanente, se iba atenuando segundo a segundo.

Frente a la parte posterior de la casa, se erguían dos álamos enormes, los cuales habían sido testigos, dos días atrás de un extraño suceso, del cual todos los habitantes del caserío habían sido testigos, incluso Pedro, quien sentado en un sillón viejo – que servía la mayor parte del tiempo para que “Berto”, el perro mestizo de Pedro, durmiera – observaba los enhiestos árboles hipnotizado por el sonido de las ramas en su baile con el viento.

El repentino mutismo del aparato y el posterior chirrido emitido por este, lograron traerlo de vuelta de su divagación. La trató de sintonizar pero toda la banda era un ruido sordo, parejo, constante, del cual unos minutos mas tarde emergió una voz, que iba tornándose mas clara, un poco mas nítida y que ocupaba cada milímetro del desplazamiento del dial. El chico sorprendido escuchó lo que parecía un noticiario, en el cual hablaban de la localidad en la que el vivía. Reconoció entre las voces de los entrevistados a sus vecinos. Hablaban de algo sobre un aparato que se había posado sobre una loma cerca de la ruta 557. Pero lo que más le sorprendió fue escuchar su propia voz entremedio de la respuesta de uno de sus vecinos , frente a la consulta del periodista de la radio.

Las voces se fueron atenuando poco a poco mientras el chicharreo se hacía intermitente, luego la banda AM se comportaría de manera habitual, pero Pedro Bahamondes dejó el aparato encendido y entró en casa para contarle a los suyos lo que había oído.

Unos días más tarde, los ojos del pequeño se abrían de sobremanera cuando llegó junto a sus vecinos a una loma cercana a constatar las marcas que había dejado  un supuesto aparato al posarse. Pero no era esto lo que lo asombró tanto al chico, si no que de lejos vio a un hombre descender de un vehículo con un micrófono en la mano.

Preámbulo a «El Culto»

Xavier llegó de España hace ya varios años. El sacerdote español pronto logró insertarse en la comunidad de aquel pueblo insular, ganándose la confianza del circulo de hierro de aquella comunidad. Pronto las principales fortunas y quienes manejaban los hilos de aquella región, comenzaron a ver en Xavier una inspiración, y el, como el anímal político que era, vio la oportunidad de influir en ellos. El pastor vio en su rebaño el caldo de cultivo para generar un culto especial, con las «mejores almas», llamados a ser las antorchas que iluminaran a una sociedad cargada de vicios, degeneración y la corregirán hacía la virtud. Con esta misión Xavier tuvo en poco tiempo un séquito de feligreses, de lo mas selecto de la zona. Pero quienes tanta energía gastan en un enemigo común, pronto terminan igual que ellos…

2 comentarios en “Martes Macabros”

    1. Gracias a ti Máximo por darte el tiempo de leerla. Las historias de esta sección, son pequeños relatos conexos a cada episodio de los días domingos, así que para comprender mejor la historia, el domingo a partir de las 23:00 hrs. está disponible el episodio en la aplicación de podcast de tu preferencia o también lo puedes escuchar acá en la web en la sección temporada 2020

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